Método K para recuperar a tu pareja
celos

Tercer paso: el análisis

4. Cómo se forja una pareja

«Amor» es un sustantivo polisémico con el que nos referimos a diferentes conceptos y situaciones de la vida. Expresado en breves palabras, podríamos decir que el amor es una única materia prima que se procesa de diferentes modos dependiendo del lugar y del objeto amoroso que se trate.

Formas de querer (o de amar)

Yo quiero —yo amo— a mis padres; también amo a mis hermanos, a mis hijos, a mis amigos, a mi pareja; también quiero a mis compañeros de trabajo y a mis vecinos; y también quiero a una persona que pasea por la calle y que en este momento veo desde la ventana. Los quiero a todos, incluso al señor que pasa por la calle. Los quiero —los amo— porque de una forma u otra vienen a paliar ese dolor de soledad a la que antes aludíamos, incluido la persona que pasea por la calle que no conozco de nada pero que forma parte de mi especie y sobre quién recae al menos el amor de la dignidad humana. Los quiero a todos ellos, pero de diferente modo a cada uno.

Digamos que el amor se modifica a través de las costumbres propias y de la cultura en la que cada uno vive. En Europa y en general en occidente, no se demuestra de igual forma el amor a un amigo que a una pareja. En India y algunos países de su entorno resulta ofensivo besar o abrazar en público a tu novia o novio, sin embargo, los hombres suelen ir de la mano por la calle en señal de su amistad. No significa que en India los amigos se quieran más, simplemente que en su cultura esto es así.

No hay amores distintos ni distintos tipos de amores, sino que es el mismo amor que nace de dentro de nosotros, pero procesado de diferente manera. O, con otras palabras, el modo de amar es igual sea quien sea a quién amas: sólo hay una forma de amar. La pareja es una de las formas de amor más completas y más intensas, puesto que lo que se comparte, lo que nos roza, es mucho.

Pero ¿cuál es el proceso en el que se llega a querer a alguien? ¿En qué consiste eso de amar a otro? En definitiva: ¿cómo sabemos que quieres y estás enamorado de tu pareja? Una relación sentimental a largo plazo se forma porque existe la recíproca creencia de que esa persona es la adecuada para acompañarnos en una etapa —un proyecto— más o menos largo de nuestra de la vida. Esto lo podemos extrapolar a la amistad, así como a otras empresas y objetivos que llevemos a cabo en la vida con otras personas, por ejemplo si buscamos un socio para un negocio o en el deporte del alpinismo un adecuado compañero de cuerda. El cónyuge, además de atraernos en el terreno físico, creemos que podrá…

nuestro compañero o compañera porque sabemos que sus valores y sus aspiraciones personales son similares a los nuestros.

Recuerda el motivo por el qué en el pasado tú mismo o tú misma elegiste a esa persona como pareja. Seguramente te gustaba físicamente, pero además se daban en ella las particularidades que tú buscabas en ese momento para tu vida y por eso se convirtió en tu pareja. Si todo eso acontece recíprocamente durante algún tiempo en dos personas de tendencia sexual afín, entonces, tenemos una relación de pareja llámese como se llame: novios, amantes, matrimonio, enamorados… Pero cuidado, el entramado psicológico que concluye con la formación de una pareja corresponde sólo a una estructura emocional, es decir, algo creado por nosotros mismos a través de nuestras intenciones y nuestro pensamiento racional: no es algo natural ni predeterminado. En otras palabras, nos enamoramos de quién nosotros queremos enamorarnos (1).

Enamorarse

Enamorarse es estupendo porque para el ser humano resulta absolutamente maravilloso el hecho de conocer. A todo el mundo le gusta viajar porque se conocen nuevas ciudades, países desconocidos, culturas desconocidas… También nos encanta leer libros que antes no hemos leído o ver películas que antes no hemos visto.

La misma magia se produce, pero multiplicada por mil, cuando conocemos a una persona que nos atrae y poco a poco van cayendo las barreras de lo íntimo. Se desencadena entonces esa conmoción que nos hace sentir las famosas mariposas en el estómago y que es lo que comúnmente llamamos enamorarse. Obviamente, esto ocurre si lo que estamos conociendo nos gusta, si admiramos lo que vemos en la otra persona.

Sócrates decía que las consecuencias de este proceso de conocimiento admirable en alguien que nos atrae físicamente eran similares a las de la picadura de una araña: un fuego que nos provoca pérdida de sueño, nerviosismo, inquietud… Todos conocemos ese estado de ánimo en el que atrapados por la sublime magia del amor nos volvemos un poco locos, maravillosamente locos.

Descubrir, además, que quién nos genera esa locura no sólo nos palia el dolor de la soledad sino que está dispuesto a acompañarnos en el proyecto de nuestra vida, otorgando a esa persona un estatus distinto con respecto a los demás, le confiere  confianza y por consiguiente valor.

La confianza, o si se quiere fe —aunque esa palabra tiene una connotación demasiado religiosa—,es la base de todas las relaciones humanas.

Sin confianza no podría subir a un taxi o entrar en un restaurante porque el taxista podría ser un psicópata del volante o la comida en el restaurante podría estar en mal estado. ¿Quién me dice que la sopa no ha sido elaborada con alguna sustancia tóxica o que el taxista no tiene licencia para conducir? Nadie, y, sin embargo, la gente suele subir a un taxi o entrar en un restaurante que no conoce, en una ciudad en la que nunca ha estado antes, y lo habitual es que no ocurra nada.

Los notarios y otros juristas de Europa mantienen como lema una máxima latina que dice nihil prius fide, o sea, nada es anterior a la confianza.

Es evidente que sin la confianza el mundo no funcionaría, por eso la confianza es anterior a la pareja. No se confía en la pareja, sino que esa persona se convierte en tu pareja porque se confía, porque existe una presunción de seguridad, una esperanza («esperanza» es una palabra muy relacionada con la segunda característica del ser humano, ser de futuro) en esa persona, de modo que la confianza se convierte en un motor que genera, que irradia valor. Es evidente que algo o alguien en lo que confiamos se convierte en valioso.

Tengo la presunción, la seguridad y la esperanza de que en este restaurante son estupendos profesionales y elaboran sus platos con ingredientes de calidad. Eso genera un valor sobre el restaurante, valor que en ocasiones se expresa con un número de tenedores o un número de estrellas que otorga una entidad competente en la que también confiamos.

 

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